El hierro, material de construcción y de trabajo, aparece aquí deformado y fragmentado.
Varillas amontonadas, como las cañas invasoras que la riada arrastró en primer lugar y dejó acumuladas tras su paso.
La obra, teñida de un tono marrón, remite
al agua y al lodo que inundaron la Terreta,
como reflejo de un territorio y unas vidas quebradas.
Las manos que emergen de la escultura —la de un adulto y la de un niño—
ya no se sostienen.
No piden auxilio.
Son las manos de las víctimas,
detenidas en el silencio definitivo.
La rosa blanca atraviesa la chapa que representa el tornado.
No se posa sobre la destrucción: la cruza.
La flor, vinculada a la identidad y a la tradición valenciana,
irrumpe como un gesto de paz y respeto y se convierte en símbolo de condolencia, recogimiento y esperanza.
Frente a la fuerza que arrasa, la vida insiste.
Atravesar el dolor es también una forma de reconstrucción.
Esta pequeña obra en tamaño, pero grande en su esencia, es un homenaje en recuerdo de las doscientas treinta y siete personas que perdieron la vida a causa de aquella tragedia.
También es un reconocimiento a las personas que desde Mora de Rubielos y la Comarca Gúdar-Javalambre se desplazaron a Valencia para colaborar en las labores de rescate, desescombro y retirada de lodos tras la inundación.
DANA no busca explicar ni dramatizar,
sino recordar.
Porque la memoria es, en sí misma, una forma de cuidado.
PROCESO
ARTE FINAL
AGRADECIMIENTO AL VOLUNTARIADO DE MORA DE RUBIELOS Y COMARCA GUDAR-JAVALAMBRE





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